Haz.

Acostumbraba cerrar levemente los ojos dejando pasar ese haz de luz que se cuela entre los párpados. Disfrutaba plasmando puntos de luz en la oscuridad y jugaba a hacer figuras luminosas según la abertura de los ojos, siempre mínima, y el ángulo de incidencia de la claridad.
Pero últimamente se sentía cansado de tanta espera, tanta meditación. Demasiado tiempo con las rodillas clavadas en el suelo. Vale que su horóscopo chino fuese el buey; (¡el buey es lento al decidir su camino y no se si el mundo va a ser tan paciente!), pero debía perder el miedo al fracaso. No soportaba la idea de ser un simple espectador.
Pensaba en la esperanza como el sueño del hombre despierto y a la vez el peor de los males, pues la desesperación causa dolor. ¿Porque desear? Y se daba cuenta que peor sería su extinción.
Pese a todo luchó por triunfar. Fueron muy pocos los fracasos antes de ver su deseo satisfecho. Mereció la pena intentarlo y ahora gozaba de reconocimiento. Era como el culmen perfecto para tanto esfuerzo. Pronto su ánimo volvió a cambiar, la verdad no era muy estable, y ahora no veía nada a lo que esperar. Había pasado, había llegado la muerte de toda esperanza y no podía soportarlo. Sentía que no le hacía falta nada más.
Decidió entonces hacer su última meditación y en la oscuridad de la noche cerrada, cuando el postrero tren parte hacia Verín, clavo sus rodillas en la vía, y en su postura favorita, la de flor de loto, vislumbró el haz de luz más intenso y bello que jamás lograra percibir.

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