Cuestión de edad

No debo ser acto para mi edad,
pues, de verdad, que no he catado
mujer desde la pubertad,
que no estuviera hecha una dama,
o fuera señora ya.

No gustan de mí las mozuelas,
algunas, incluso me miran mal,
y yo muero por tenerlas
a todas, en botellitas de cristal,
para así, coleccionarlas.

Pero por la contra: ¡otra señora!
de esas locas de cuarenta idos.
-Eres muy guapote; dice la fiera.
Será que le gustan mis párpados caídos,
o serán otras cosas.

Más bien me maltrata,
llevándome al baño con prisa.
Nunca me dice que me ama;
sólo alaba mi sonrisa
y me dice: fóllame macarra.

Y la última, de cincuenta idos,
impensable viendo mujer tan hermosa,
parecía un regalo de dios,
con labios pintados y minifalda rosa,
cuan maravillosa.

No dejaba de mirarme, lasciva.
¿Sus labios? sobre una copa bien fría.
¿Y yo? con mirada esquiva,
pues a mi ver; era una puta cría.
Menuda desdicha la mía.

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